Niza, Nissa, Nice, Nikaïa... Según para quién y según qué
época la podemos llamar de una manera u otra, pero siempre es la misma.
El placer de pasear por sus calles, sus bulliciosas
calles donde la vida se respira por doquier, sus casas cuasi amarillentas en
sus fachadas con las contraventanas siempre presentes.
El Vieux-Nice o casco histórico de la ciudad,
donde el turista se siente como en casa: terrazas y más terrazas, helados que
una vez probados, se repite la jugada, como no Fenocchio con sus más de cien
sabores desde 1945 en la Place de Rossetti. Ayer probé uno, helado de
amaretto... delicioso, sencillamente.
Restaurantes por todos lados, de todos los gustos y
sabores, pasamos de Tailandia a Italia sin olvidar, claro está, la cocina
local, les spécialités niçoises, deliciosas, el mediterráneo servido en
un plato.
No se puede olvidar al visitar esta ciudad que ha sido y
sigue siendo un crisol de culturas. Niza no es sólo la Costa Azul, el paraíso
de la jet para atracar el yate y dejarse ver en un descapotable por la Promenade
des Anglais.
Niza es conciertos al aire libre, es tiendas abiertas
hasta más tarde de las doce de la noche, es poder comer un bocado de pizza o socca
deliciosa a las tres de la mañana.
Niza es arte, es cultura, es políglota.
Sólo llevo aquí una semana y desde el primer momento me
quedó algo muy claro: esto no es Francia, no al menos la Francia que he
conocido de norte a sur, de este a oeste.
Aquí se respira el salitre, el aceite de oliva se palpa
en el ambiente culinario, el savoir-faire forma parte de la vida de los
habitantes de esta ciudad costera.
Aquí no sabes, por momentos, dónde te encuentras cuando
te topas de frente con la estatua de Garibaldi, cuando subes a la citadelle
a contemplar la ciudad y encuentras restos griegos y romanos diseminados en lo
más alto.
Desconcierta ir por la calle y escuchar hablar en casi
cualquier idioma, pero ojo, esto no es Nueva York: aquí cualquier idioma
implica origen románico, luego están los llegados de cualquier punto del
planeta, pero no me refiero a ellos ahora.
Sorprende ir en el tranvía y que éste anuncie las paradas
en francés y en nizardo, poco queda de esta lengua pero pervive aún en los
carteles de las calles, todos bilingües, y en el tranvía.
Choca ver como nadie respeta las señales de tráfico, tan
sólo cuando los semáforos están verdes para los peatones se puede cruzar con
tranquilidad... eso diría cualquier persona menos un nizardo, ellos cruzan,
cuando, como y por donde quieren, que paren los coches... ya pararán. No sé si
conviene o no imitarlo pero cierto es que, tras dos días, cruzas por donde y
como quieras, qué más da: no oirás un claxon ni a nadie quejarse... se paran y
esperan. Simple. Esto quizá parece una estupidez, pero no es así, demuestra
claramente de qué están hechos aquí.
Y como no... ver a un chino cantando cualquier canción de
Edith Piaff majestuosamente por la Place Masséna... ¡no tiene precio!
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