Contra viento y marea...

Seguiré escribiendo, contra viento y marea, aunque el mar embista y haga que mi nave encalle, aunque me lance contra las rocas, seguiré escribiendo.
Escribo porque quiero, canalizo a través de las letras, porque me inspiro o, sencillamente, porque me apetece hacerlo
A quien no guste lo que escribo nadie le obliga a leer, que se marche con viento fresco, que ignore mis letras, su color y su sentido, pues no le concierne lo más mínimo, lo que escribo es mío y a quien yo quiera hacer partícipe de ello.

Si no gustas de lo que lees, márchate sin más, no dejes huella, no es necesario.

26/03/2010

Niza, 10 de agosto de 2009

Niza, Nissa, Nice, Nikaïa... Según para quién y según qué época la podemos llamar de una manera u otra, pero siempre es la misma.

El placer de pasear por sus calles, sus bulliciosas calles donde la vida se respira por doquier, sus casas cuasi amarillentas en sus fachadas con las contraventanas siempre presentes.

El Vieux-Nice o casco histórico de la ciudad, donde el turista se siente como en casa: terrazas y más terrazas, helados que una vez probados, se repite la jugada, como no Fenocchio con sus más de cien sabores desde 1945 en la Place de Rossetti. Ayer probé uno, helado de amaretto... delicioso, sencillamente.

Restaurantes por todos lados, de todos los gustos y sabores, pasamos de Tailandia a Italia sin olvidar, claro está, la cocina local, les spécialités niçoises, deliciosas, el mediterráneo servido en un plato.

No se puede olvidar al visitar esta ciudad que ha sido y sigue siendo un crisol de culturas. Niza no es sólo la Costa Azul, el paraíso de la jet para atracar el yate y dejarse ver en un descapotable por la Promenade des Anglais.

Niza es conciertos al aire libre, es tiendas abiertas hasta más tarde de las doce de la noche, es poder comer un bocado de pizza o socca deliciosa a las tres de la mañana.

Niza es arte, es cultura, es políglota.

Sólo llevo aquí una semana y desde el primer momento me quedó algo muy claro: esto no es Francia, no al menos la Francia que he conocido de norte a sur, de este a oeste.

Aquí se respira el salitre, el aceite de oliva se palpa en el ambiente culinario, el savoir-faire forma parte de la vida de los habitantes de esta ciudad costera.

Aquí no sabes, por momentos, dónde te encuentras cuando te topas de frente con la estatua de Garibaldi, cuando subes a la citadelle a contemplar la ciudad y encuentras restos griegos y romanos diseminados en lo más alto.

Desconcierta ir por la calle y escuchar hablar en casi cualquier idioma, pero ojo, esto no es Nueva York: aquí cualquier idioma implica origen románico, luego están los llegados de cualquier punto del planeta, pero no me refiero a ellos ahora.

Sorprende ir en el tranvía y que éste anuncie las paradas en francés y en nizardo, poco queda de esta lengua pero pervive aún en los carteles de las calles, todos bilingües, y en el tranvía.

Choca ver como nadie respeta las señales de tráfico, tan sólo cuando los semáforos están verdes para los peatones se puede cruzar con tranquilidad... eso diría cualquier persona menos un nizardo, ellos cruzan, cuando, como y por donde quieren, que paren los coches... ya pararán. No sé si conviene o no imitarlo pero cierto es que, tras dos días, cruzas por donde y como quieras, qué más da: no oirás un claxon ni a nadie quejarse... se paran y esperan. Simple. Esto quizá parece una estupidez, pero no es así, demuestra claramente de qué están hechos aquí.  

Y como no... ver a un chino cantando cualquier canción de Edith Piaff majestuosamente por la Place Masséna... ¡no tiene precio!

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