Ayer conocí a alguien que me ha hecho pensar mucho, me ha
hecho pensar acerca de lo vago que es todo en esta vida y la poca importancia
que le damos a las cosas que realmente la tienen. Hablaré un poco de esta
persona. La conocí en el tren, es una mujer de 32 años cuyo nombre no viene al
caso. En un momento dado me hizo una pregunta y ya no dejamos de hablar hasta
que llegamos a mi destino, ya que ella continuaba viaje hasta otra estación
posterior. El caso es que es inmigrante, tiene 32 años como he dicho y cuatro
hijos, la mayor de todos apenas tiene trece años, que aún no ha cumplido y su
historia es quizá la historia más aburrida del mundo, pero a mí me parece que
merece la pena pensar en ello ya que me hizo reflexionar acerca de muchas
cosas.
Me contó que su marido vino primero de su país,
Marruecos, el año pasado sobre el mes tres, o sea, marzo, y luego vino ella a
conocer la ciudad donde él vivía y decidió seguir sus pasos y trabajar, dejando
a sus hijos en su ciudad de origen.
Su trabajo comenzaba a las ocho de la mañana y terminaba
a la una de la madrugada, así a diario, sin días festivos desde el mes cinco,
mayo, hasta el mes once, noviembre, en el que se acabó el contrato al ser una
zona turística y estacional.
Su marido le pegaba, la insultaba y la maltrataba en una
palabra, él se dio al alcohol y drogas una vez asentado en España y decidió un
buen día regresar a Marruecos, pero ella no le siguió... se quedó en España y
además, trajo a sus hijos para escolarizarlos aquí. Ella sólo desea una buena
oportunidad para ellos, que al menos sepan leer y escribir, no como ella que es
analfabeta...
Me contó que vivía en una casa frente al mar, y que venía
de otra ciudad donde su madre tenía una amiga para ver si podía allí trabajar
ya que no le quedaba apenas dinero y no podría esperar a marzo que comenzase la
estacionalidad de nuevo.
Tiene cuatro hijos, cuatro personas que son su todo, nada
más le importa en el mundo salvo sus hijos...
Me contó que los dos días que había pasado fuera para ir
a conocer esta nueva ciudad a la que se trasladará en febrero, en estos dos
días había gastado 50€ de móvil para hablar con ellos, no puede estar lejos de
sus hijos porque son lo único que tiene, son toda su vida...
Quiere trabajar, de lo que sea, como sea, sin perder el
honor claro está, pero trabajar de sol a sol si es preciso afín de sacar a sus
hijos adelante, para que ellos tengan un mañana.
Charlamos de lo precioso que es el mar, tenerlo delante
de su casa, al frente de su país, y me dijo que ni había reparado aún en cómo
es el color del mar allí ya que sólo trabaja y trabaja, no tiene tiempo ni para
cruzar la calzada que le separa de la arena y sentarse a contemplar el mar...
Me dijo que no quiere volver a su país, que allí sólo
tiene a su madre pero no puede contar con ella para nada ya que está casada por
segunda vez y ella no es más que una mujer con un fardo alrededor de cuatro
hijos, en resumen, un estorbo.
Me dijo que no guarda un sólo recuerdo agradable de su
vida allí, que no quiere volver para nada. Allí sólo hay algunos miembros de su
familia que sólo le traen malos recuerdos: su padre que maltrataba a su madre,
su madre siempre resignada y sufriendo los abusos del padre y un marido que
tras maltratarla la ha abandonado con cuatro hijos...
Me dijo que cuenta con la fianza que pagó por su vivienda
para poder marcharse a esta nueva ciudad con sus hijos...
Me dijo tantas cosas en tan pocas palabras, me hizo
reflexionar tanto...
Pensé, cuán diferente es todo según el sitio donde
nazcas, según la cultura que te rodee, qué horror debe ser no saber escribir ni
leer, no lo concibo.
Pensé en qué poco apreciamos lo que tenemos, lo banal que
es todo cuando se tienen tantas cosas. Qué preocupación para nosotros merece
realmente la pena.
Quién puede dormir pensando que tiene cuatro bocas que
alimentar, que no sabes si encontrarás un trabajo porque eres extranjero en un
país extraño. No sólo careces de un currículo que te abra puertas, o que al
menos no te las cierre en la cara, sino que además no sabes qué pone en ese
papel que cuidas como oro en paño en tu cartera y que te han dicho que es un
permiso de trabajo y un contrato... ambos caducados cuando me los enseñó y me
rogó que los leyese para ver si todo era correcto...
Recuerdo que reímos juntas cuando hicimos un comentario
sobre los hombres al decir aquello de "todos son iguales", y ella
añadió no quiero jamás un hombre en mi vida. Normal, si el único que se supone
que te ha querido te ha hecho cuatro hijos para abandonarte a tu suerte con
ellos y el que te concibió junto con tu madre no es más que eso, un mero
semental...
Pensé, ¿realmente tengo problemas con los hombres? Me lo
planteo y afirmo que no, que no habré tenido buena suerte en mis relaciones,
pero al menos guardo una imagen agradable de ellos.
Ella me dijo que no sabía qué era ser más allá de una
mujer de su casa, ocupada de la comida y la limpieza de esa casa hasta que vino
a España, que por primera vez trabajó fuera de su hogar... y es feliz, lo veía
en sus ojos, es feliz porque les está dando a sus hijos lo que ella jamás tuvo:
educación y amor.
Casi al llegar a mi destino, recordé que llevaba unas
mandarinas y unas chocolatinas para el viaje, y pensé en cuándo sería la última
vez que habría comido algo, no llevaba nada con ella y su viaje duraba once
horas...
Pensé en cómo ofrecerle lo que tenía sin que resultase
ofensivo, sin que pensase que era caridad, así que le dije, " ¿Te gustan
las mandarinas? Mi madre me ha dado unas cuantas y a mí no me gustan mucho…
" Entonces ella me miró con ojos totalmente felices y me dijo, "Sí
que me gustan, ¿era tu madre la señora que andaba por el andén mirando a ver si
te sentabas y diciéndote adiós con la mano?" Asentí, y me dijo, "Cómo
no te va a dar tu madre lo que tenga si debes ser todo para ella. No importa la
edad que tengas, eres su hija..."
Aceptó las mandarinas y me lo agradeció como jamás he
visto en mi vida unos ojos sonreír.
Le di mi teléfono y ella me ofreció el suyo, prometió
venir a visitarme una vez asentada en la nueva ciudad y para no molestarme con
los cuatro niños; me hizo prometer que iría a visitarla y que haríamos un cuscús
juntas para comer, junto al mar.
Y, finalmente, nos abrazamos y nos despedimos deseándonos
toda la suerte del mundo, recordando que siempre hay que luchar y que no
podemos perder la esperanza.
Un beso muy fuerte donde quiera que estés Malika.
Gracias Malika, me hiciste mucho bien. Me hiciste ver más
allá de lo que me permite mi rutina diaria. Me has descubierto cosas de la vida
que apenas recordaba como el dar las gracias cada día por poder comer, dar las
gracias por una sonrisa. Muchas cosas. Gracias.
2 comentarios:
!Qué impresionante la historia de Malika! Admiro el valor de muchas mujeres que como ella abandonan su país para luchar por una vida mejor, con todo lo que tiene que suponer, que es mucho!Lo bueno es que seamos del país que seamos las mujeres siempre tenemos ese coraje de luchar y de mejorar nuestra vida y de los que nos rodean "nuestros hijos".
Sí, cuando me acuerdo de ella se me sigue poniendo la carne de gallina y la verdad, me gustaría saber qué fue de ella...
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